Esta ves estaba convencido de que todo lo que decía eran puros disparates
Esta ves estaba convencido de que todo lo que decía eran puros disparates, puras locuras, de mi nombre no me acuerdo, no, no me acuerdo de muchas cosas y es extraño por que ya me acostumbre a este desperdicio de vida donde la soledad y el frío formaban parte con la decoración del cuarto. Aun me acuerdo de la desilusión de mi papa que me la hizo entender muy claramente a punta de totazos porque yo ya no entendía a las palabras, también me acuerdo, eso sí, de un sabio embustero que me confundió la mente con sus discursos alquímicos de cómo revivir muertos, y sus ensoñaciones prehistóricas de atrapar dragones para luego amaestrarlos y convertirlos en sus mascotas. Decía sus embustes con tanta elocuencia que nadie se atrevía a refutarle no mas para escucharlo pregonar su sabiduría; no me atrevo a mencionar ni una de sus mentiras audaces porque ahora que estoy despierto veo todo como lo ven los demás y estoy seguro que nadie creería semejantes disparates dichos por mi que lo único que se hacer es meter la pata y no contar absurdos con tanta convicción como lo hacia el sabio que me volvió loco.
Elkin Peña. Agosto Dosmilseis
SU ENFERMEDAD SEGUIA ESTABLE
Cuando se bajo del taxi el aire frío y húmedo de la noche lo abatió. Lo salvo de esa somnolencia que le produjo el aire caliente y dormido, el ambientador a fresas y la cabeza oscilante de un perro de plástico instaurado en la guantera del taxi. Sacó un cigarrillo del bolsillo derecho de su camisa a cuadros lo encendió y empezó a caminar. Limpia y lenta, la silueta de su cuerpo atravesaba la luz del los postes. Llegó a una taberna de tres pelos donde el olor a cerveza y a orines viejos se confundían con las bombillas opacas y las caras ensimismadas de los borrachos. De esa marisma confundible, triste y alegre surgía una mano que lo invitaba a acercarse. Reconoció la mano de su hermano, miró a izquierda y derecha como evitando que alguien desde afuera en la calle lo viera y se internó en la taberna. Una vez sentado en la mesa de cuatro puestos observó con timidez a los acompañantes de su hermano. Eran dos: una mujer de ojos negros y cabello pintado y un hombre de barba sucia. Luego dirigió una mirada paternal a su hermano como saludándolo sin saludarlo y descargo su cuerpo cansado en el espaldar de la silla. Prendió otro cigarrillo, el hombre de barba sucia lo miraba, el miraba a la mujer y su hermano miraba al de barba mientras que la mujer los miraba a los tres en orden de edad. La mesa era redonda. Y entonces hubo un momento de incertidumbre entre ellos. También hubo silencio y de cierta manera, cada uno, se sintió solo. Mientras el llevaba el cigarrillo ala boca su hermano se decidió a hablar.
-me trajiste lo que te pedí.-si- dijo el. -entonces dámelo para poder darte las gracias. -primero quiero que sepas que no estoy de acuerdo con lo que vas a hacer y que si te lo entrego es no mas porque te debía una. Sacó del bolsillo izquierdo de su camisa a cuadros un papel con un numero telefónico lo puso en la mesa esmaltada de color café claro y retiró la mano mientras su hermano lo cogía. Lo leyó y abrió los ojos de satisfecho con su hermano pues para saber lo que había en ese papel se tenía que saber mucho de la vida. Le agradeció a su hermano con una mirada abierta y generosa; luego el que abrió los ojos fue el hombre de barba sucia al ver lo que había en el papel y se le vieron unas pupilas enfermas y marchitas. La mujer no tuvo necesidad de ver el papel. Le fue suficiente ver la expresión afirmativa de Edmundo.
Encendió otro cigarrillo y camino normal. Sobre la noche se cernía un cielo con parches grises y el alzó la mirada hacia las estrellas que se asomaban por los huecos de las nubes. De cierta manera se libró de un peso que llevaba en la nuca desde que había quedado en deuda con su hermano.
Elkin Peña. dos de abril del dosmilcinco
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